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Notre Fondatrice

Nuestra fundadora es Délia Tétreault, conocida en religión como Madre María del Espíritu Santo, nacida en 4 de febrero de 1865 en Marieville, Quebec (Canadá). Desde niña se sintió profundamente tocada por los relatos de los misioneros y alimentó un fuerte deseo de llevar el Evangelio a los pueblos que todavía no conocían a Cristo.

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En su adolescencia, Delia contó un sueño que marcó profundamente su vida. Una noche, mientras estaba de rodillas junto a su cama rezando, vio de pronto un inmenso campo de trigo dorado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista; después, las espigas se transformaron en rostros de niños de todas partes del mundo, de distintas razas y colores. En ese momento comprendió que muchos de esos niños aún no conocían al Buen Dios y sintió la llamada a ofrecer su vida por los más pobres y olvidados entre ellos.

De joven, Délia intentó entrar en varias comunidades religiosas, pero su salud frágil y diversas circunstancias la obligaron a abandonar esos primeros proyectos. Poco a poco, en la oración, comprendió que la llamada de Dios para ella no consistía necesariamente en partir al extranjero, sino en consagrar su vida a formar y sostener a mujeres que serían enviadas en misión. Con el apoyo de pastores de la Iglesia, abrió en 1902, en Côte-des-Neiges (Montreal), una escuela apostólica para jóvenes que deseaban convertirse en misioneras.

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El proyecto fue pronto reconocido por la Iglesia. En 1904, el papa Pío X apoyó la fundación de una nueva congregación misionera femenina, y en 1905 se erigieron oficialmente las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción en Quebec, con Délia —ya Madre María del Espíritu Santo— como primera superiora general. Bajo su guía, la comunidad creció y abrió misiones en China, Filipinas, Japón, Hong Kong, África y otras regiones, convirtiéndose en la primera congregación femenina canadiense dedicada específicamente a las misiones extranjeras.

Después de sufrir una apoplejía en 1933, la salud de la Madre María del Espíritu Santo se fue debilitando y murió en Montreal en 1941. Su fe humilde y perseverante, y su amor por los pueblos pobres, contribuyeron en gran medida al dinamismo misionero de la Iglesia canadiense a comienzos del siglo XX. En 1997 fue declarada Venerable por la Iglesia y su vida sigue animándonos hoy a responder a las necesidades del mundo con creatividad, valentía y ternura.

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